Lo que las tres personalidades desconocían, era que el Yo estaba resguardado por la cuarta conciencia, la que gobierna a humanos y animales, la que se aprecia en los instintos más básicos y a la vez divinos. El Yo estaba encerrado en el Peso que colgaba de su cuello, en el corazón.
Mientras las personalidades seguían discutiendo, el Peso sabía dónde debía buscar aquello que creía que iba a encontrar en otros y no en sí mismo: el amor.
Mientras las personalidades seguían discutiendo, el Peso sabía dónde debía buscar aquello que creía que iba a encontrar en otros y no en sí mismo: el amor.

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